Cometa de tu aliento

Después de tantos desastres vividos

todavía no me convenzo 

de que el Amor no siempre triunfa.

Aquí me tienes,

diciéndome que hay seres que rechazan mi amor, y discutiéndomelo.

Me dices que he empezado a irme,

pero no sé si he llegado o estoy todavía de camino, ni sé hacia dónde.

Noto demasiada soledad demasiados ratos,

podría decir que aquí no hay nadie.

Y no estoy de vuelta de nada.

Con el corazón ausente, el criterio perdido,

y las manos abrasadas de tanto clavo ardiendo.

Perdón por atragantarme con tanta añoranza.

Pido disculpas por no acomodarme bien en este rincón frío y húmedo,

en el exilio.

Cometa de tu aliento, solo tengo tu voz, toda mi fortuna.

Y en unas horas tendría que reinventarme

Ya no debería decir que tienes la llave de todos mis estados de ánimo, es que eres mi estado de ánimo. ¿Vértigo al constatar que puedo perder una parte de mi, así, en una tarde? Perder mi esencia, diría yo, diría ahora. Vértigo y miedo están ahí, procuro no dejar que asomen, es mejor que queden escondidos pero también hay que ser conscientes de que un día puede que te vayas, puede ocurrir, y en unas horas tendría que reinventarme, y en unos años ir olvidándote, y seguir recorriendo todos estos caminos maravillosos que me has abierto, pero sin ti.

Mi querido gran amor, has iniciado la desaparición de un nudo que se creó cuando empezó a desarrollarse mi sentido analítico y mi capacidad de abstracción, allá cuando cumplía 12 ó 13 años, o se manifestó, quizá el espíritu comenzó a anudarse desde los 3 años, cuando dejé de comer. Seguramente. Ya te he hablado de aquella sensación agobiante de no poder expresarme, aquella duda entre la absoluta inacción en la que me encontraba a salvo y unas ganas de gritar que no acababan de asomar. Bueno, pues ese nudo se ha ido deshaciendo desde que te conozco. Y en esta última etapa de no callar espero no ser demasiado bocazas. El amor es ciego, sordo y bocazas.

No mendigaba, vendía

No puedo evitar dar monedas a los ancianos que me las piden. Cuando trabajaba en el centro de la ciudad hubo una temporada en que todos los días, en uno de los semáforos que desembocan en la plaza más céntrica, un anciano muy vital y hablador pedía limosna. Iba hablando sin pausa pero sin rabia, y eso que lo que contaba levantaba las piedras. Se refería a injusticias que le iban haciendo las instituciones. Repito, en un semáforo en hora punta y frente a un octogenario que se lanza entre los coches, no hay mucho que pensar, no hay nada que prejuzgar.

En alguna ocasión me habló de su nieto, que estaba a su cargo, que se lo quitaron, hablaba como siempre, muy deprisa, y con aparente incoherencia, y un drama que se iba escapando por sus ojos. La mirada no miente. Yo le daba siempre algo, que a él le parecía mucho y me tiraba por la ventanilla cuatro o cinco paquetes de pañuelos, porque no mendigaba, vendía.

Un día lo vi acercarse y bajé la vista para buscar rápidamente mis monedas para darle. Él creyó que le esquivaba y no se acercó. Me entristeció, más tarde pensé que él estaba acostumbrado a eso, a que la gente retirara la mirada al verle. Tardó unos días en volver, o yo en pasar por allí, pero el caso es que al final nos reencontramos, hasta que un día dejó de buscar unas monedas en ese semáforo.

Solo tu podrás alejarme de ti

 No soy capaz de hablar de la tormenta porque se traga las palabras,
agujero negro,
pero el dolor remite porque es pasajero como el viento del Norte
y llega una sensación de que aquí no ha pasado nada y
recupero ocupaciones y preocupaciones ordinarias
que la crisis se había tragado.
Veo mis ganas de normalidad.

Veo palabras.
Te veo a ti, y ya no sé cómo comenzó la avalancha negra,
si fue tu ausencia o fue la mía.
Me resulta fácil decir que una palabra tuya o
un hueco entre dos,
me derrumba. Y créeme, también te diré una vez y otra,
la forma en la que dejas caer la última letra puede hacer temblar
la cordura.

Y luego ha llegado la alegría arrasando todo a su paso
inconsciente, equilibrando las horas, suavizando las frases.
Sigue aquí la sensación: no ha pasado nada.
Acepto de buen grado, aún sabiendo que es inconsistente
subir y bajar así al infierno, como quien va al bar de la esquina
a tomar un cafelito.
Asumo que todo es posible porque eres el centro del infierno,
créeme,
de las subidas y los descensos,
de nuestras conversaciones, claro.
de nuestras confidencias y de nuestras claves,
y también de los itinerarios que me llevan a girar en círculos
de radio largo, demasiado largo para el hilo de plata que nos une,
que tira y te hace daño.

Créeme, cuando el hilo me hace daño a mi, también eres el centro.



La piel por las mañanas

Lo escribo para tí, para que entiendas

que yo también tengo algo de frío, 

acerca tu intención a la mía un poquito más y nos calentamos,

como todas las noches, mi vida.

¡Viento que se vaya llevando lo que no está bien atado!

Luna que abrillante las intenciones.

Sol que ponga en evidencia la envidia.

Igual que sonrío toca llorar,

pero en un rato volveré a sonreír.

Porque no sabría

ni como colocarme la piel por las mañanas si no me hablaras,

no podría abrir los ojos

si no supiera que esperas algo de mi,

no podría encontrarme el corazón

si no pudiera escuchar tu latido,

no sabría soñar sin tu arcoíris. Por eso sé que te quiero.

Por eso vivo contigo.

Porque entre beso y abrazo

las cuestiones del mundo nos resbalan.

Porque entre versos y canciones tu me haces invisible

y yo te impermeabilizo.

No quiero esta distancia.

Ha sido una profesora del alma,

pero quiero aprender tu geografía física y sentarme en tus rodillas.

Tu nombre, mi poema favorito

La poesía ha estado en el fondo de mi ser durante décadas

hasta que poco a poco fue saliendo por los poros,

la piel manifestaba síntomas de déficit de poesía vivida.

Así fuí volviendo a reverenciarla, a leerla, a necesitarla.

Necesito los libros de poesía cerca, en la mesita de noche,

en las estanterías del salón, en la mesa de comer…

Puedo volver a escribir estas frases sustituyendo ‘poesía’ por

tu nombre.

Tu nombre es vida, es la poesía que me hace viva, nombrarte duele

y extasía,

ensancha y retuerce las palabras y los días.

Se ha quedado un día tan verde brillante…

Hoy es mi no-cumpleaños y mi amor me ha regalado un collar de sonrisas precioso.

Sus labios todo el día en mi locura, porque es una locura.

Sigo soñando con un beso. Corazón empecinado

Sus versos

me masajean todas las terminaciones nerviosas a la vez

y me hacen sentir más coordinada.

Y amada.

No sé si tiene que ver con el deseo…

Entre sus regalos, varias carcajadas que aunque efímeras,

son como las bombas nucleares que disparan en las pelis

a los meteoritos acechantes,

cambian ligeramente mi estado de ánimo,

y casi sin darme cuenta

va yendo por otros derroteros.